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¿Euskal Herria e Éire son los herederos de la Atlántida?

Viaje a Euskal Herria. Verano de 2010

El regreso al País Vasco

 

Viaje a Euskal Herria

Portugalete

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Parte 1   Rarte 2


Portugalete, Vizcaya

La villa de Portugalete situada cerca del mar, ya hace mucho que se ha convertido en una parte del gran Bilbao, podría aparecer como un paraíso actual para los continuadores del cuento ruso, "Emelya el fantástico", que prefiere pasear sin gastar sus propias fuerzas. Solo que aquí no hay maquinas con hornos como allí, pero desde hace tiempo los habitantes, de este municipio autentico y original, se encuentran libres de las elevaciones fatigosas de las callecitas abruptas. Y el hecho es que por Portugalete, en sus calles, hay unas escaleras y rampas mecánicas que elevan a los peatones cuesta arriba (cuesta bajar, después de acabar el recorrido). Esto es realmente conveniente y es entretenido, sin embargo la curiosidad básica de Portugalete no son estas sendas móviles, ni el monumento a los inmigrantes-africanos, ni la iglesia antigua; es el construido aun a finales del siglo XIX, un puente único (Puente colgante), que ahora ya está en la lista de la herencia mundial.

Escaleras mecanicas de Portugalete

Esta primera construcción de alguna manera merece una descripción detallada y una digresión en la historia que ahora me ocupa, probablemente alguna vez le dedique al asombroso "Puente Colgante", del que cuelga su barquilla (así se llama en realidad esta parte de la construcción), un relato por separado, pero ahora lo expongo sin entrar en detalles, hablaré solamente sobre las primeras impresiones que he recogido.

Monumento a los inmigrantes en Portugaletes Iglesia Santa Maria de Portugalete

Abandonando las calles estrechas de su casco viejo y habiendo salido al malecón, he visto el color azul, que se extiende hacia delante, del agua confundiéndose con el cielo, y en su fondo adornando, como si fuera una silueta trazada con tinta china negra, el famoso puente. La construcción parece imponderable, una pequeña góndola cuelga de él, es por donde se entra; se colocan algunos automóviles en su parte central, suavemente, uno detrás de otro, y las personas entran por sus laterales, y se desliza algunos metros por encima del agua, de una orilla a otra, llevando a los pasajeros. La arquitectura del puente asombra y choca por su singularidad, atrae la mirada y no te deja apartarla mucho tiempo.

Puente colgante de Portugalete

El puente era construido muchas décadas atrás y todos estos años a excepción de la guerra cuando era casi destruido, la góndola día tras día, de mes en mes, cursaba entre las orillas llevando a los pasajeros; sin embargo en los últimos años había otros nervios, que cosquilleaban, un modo de trasladarse a la orilla opuesta del río. Ahora todos los que desearan tenían una posibilidad nueva, habiendo subido en el ascensor a la parte superior del puente, a pie, podían dar una vuelta por la altura vertiginosa, examinando y fotografiando el paisaje magnífico que se abría por arriba. Así hemos hecho.

Barquilla del Puente colgante de Vizcaya

Las puertas del ascensor se han cerrado, la elevación ha comenzado, y poco tiempo después estamos ya en la tarima de madera de la parte peatonal del puente, que da sensación de ligereza, y con las hendiduras bastante anchas entre las tablas. Entre ellas, lejos en algún lugar, se ve abajo el agua y la plataforma que pasa debajo de los pies, de la que suspende la góndola. Me ha golpeado la cara el viento fresco, húmedo, me ha parecido oír las exclamaciones entusiásticas de los turistas, que han subido al puente, y los flases de las cámaras fotográficas. Es asombroso el panorama que se ha aparecido arriba, no creo que pudiera dejar a alguien indiferente.

Si miras desde el puente a un lado aparece la mar, por la parte izquierda como a vista de pájaro son visibles las calles de Portugalete, un poco después el pueblo de Santurtzi, prácticamente ves todo el municipio y el puerto que recuerda a un bosque fantasmagórico de grúas, y por la derecha los paseos y calles del respetable Getxo que se han situado a la otra parte de la ría. Delante, después de la orilla rocosa, abrupta, comienza la mar…

Puerto deportivo de Getxo

Aquí, en el puente, he probado un sentimiento incomparable de libertad, el vasto espacio, la abertura hacia lo infinito y la eternidad, me sobrecogen los sentimientos, aunque me es difícil buscarle la definición. El sentimiento resucita siempre en mi memoria, cuando pienso en Euskadi. El recuerdo corto, brillante, que se vuelve forma, con una representación que queda para toda la vida. El viento fresco de la mar, el vasto espacio, la libertad…

Dinosaurios en Getxo

Habiendo pasado el puente y encontrándome en la otra parte de la ría, hemos decidido visitar a los dinosaurios que habitaban sobre una estrecha raya de la tierra, transformada en un parque pequeño. Sí, sí, ahora puedo atrevidamente a afirmar que he visto en Euskadi dinosaurios, la verdad es que todas las creaciones prehistóricas son hechas de plástico o un material similar, sin embargo a pesar de esta circunstancia gusta mucho a la chiquillería que pasea por las sendas. Los monstruos se esconden detrás de los arbustos y descansan sobre los céspedes poniendo las espaldas a la brisa fácil, se oyen en todas partes las voces infantiles y la risa, y se ve a lo lejos como un barco enorme abandona el puerto, yendo hacia el vasto espacio marítimo.

Escaleras del Parque de Portugalete

Un tiempo después volvemos en barca a Portugalete y seguimos paseando aún mucho tiempo por las callecitas del pueblo, examinando las casas antiguas y las caras de la gente que pasan de largo…



La mar. En el fin del mundo

Quería ver la orilla de la mar. Ha pasado así que, encontrándome en la costa Vizcaína he visitado distintos lugares, pero la mar sin la que es posible presentar a Euskadi, se encuentra en algún sitio aparte, cerca del horizonte, inaccesible, pero que me atrae como un espejismo.

Y aquí que el día de la cita con la mar ha comenzado. Habiendo abandonado el hospitalario Portugalete, hemos pasado por Santurtzi y su puerto, llegando a un pueblo pequeño de pescadores, llamado Zierbena, más cerca de donde se extiende la playa. El cielo azul con pequeñas nubes y el sol que radia crea una atmósfera de fiesta, como si todo fuera alegría alrededor y saludando a la invitada de la Rusia lejana. Y de nuevo me abruma la sensación del vasto espacio y la libertad que atraviesa toda la costa.

Zierbena, Vizcaya

El pueblo de pescadores recuerda a una ciudad minúscula con las callecitas pequeñas adaptadas al tamaño, cerca, multitud de automóviles aparcados, llenos de colores los parterres, de frente las fachadas de las casas, una pequeña plaza central donde sobre el pedestal de unos bloques dispersos se eleva, con las figuras del pescador y su mujer, un monumento a las personas que vive aquí y que para siempre han vinculado sus destinos con la mar. El embarcadero, que se encuentra cerca, se me ha estampado en la memoria por las manchas brillantes de color de las lanchas blancas, verdes y rojas que dormitan sobre la superficie azul, que brilla, del agua. El poblado amable, la existencia mesurada, donde parece que nunca pasa nada, ni alarmas, ni agitaciones. Es la ilusión de la tranquilidad… Mirando el paisaje idílico del poblado de pescadores donde se tumbaba el sol, es difícil imaginarse lo severa y cruel que es la mar, como la vida misma a veces.

Pero es necesario ir más adelante, al objetivo deseado, alcanzar al fin, la orilla de la mar, pisar con los pies la arena lavada por el agua salada,… Y aquí el espejismo se ha vuelto realidad. Estoy en el fin del mundo, y delante, por el horizonte, se extiende la mar. La playa es un desierto, sólo unas cuantas personas que se pasean a lo largo de la orilla, y un par de surfistas que tratan de montar las olas espumosas.

El tiempo se ha empeorado, el cielo es oprimido por las nubes, el viento se intensifica. En el alma se ha deslizado la tristeza. Voy por la arena elástica y húmeda, las olas ruedan por la orilla en una pendiente suave, la sensación del tiempo ha desaparecido. La mar siempre presente. Toda una eternidad lavaba con las olas la orilla arenosa, toda una eternidad hasta mí, y en el futuro toda una eternidad que continuaría. Nada se cambia aquí, el siempre mismo vasto espacio, la libertad, el viento fresco que sopla las alegrías y las tristezas. La mar…

Playa de Somorrostro en Vizcaya. La mar

Y poco después llegamos a una pequeña cafetería, confortable, con un estilo oriental, al borde de la playa, con el caliente té perfumado y la transmisión casual en la TV sobre los baños de Moscú. La mirada a la vida rusa desde esta parte parece desacostumbrada y terriblemente lejana, los que viviendo aquí ven a lo que cada día vemos allí. Confieso honestamente que al principio he pensado, al observar la transmisión de la que hablaban, que iba sobre un país de ultramar que asombra a los extranjeros con tradiciones exóticas; solamente me he dado cuenta después que así es como, en un espejo alterado, ven los periodistas occidentales a Rusia.

Las imágenes extrañas pasan en la pantalla, el té llena las tazas finas y no deseo pensar en nada, simplemente gozar del día silencioso a la orilla de la mar. Habiendo salido de la cafetería he echado una vista al horizonte, al cielo gris, al agua gris, la arena dorada de la playa, al vasto espacio, a la libertad y la eternidad, al lugar donde no existe el tiempo, al fin del mundo…



La comida de despedida

Poco tiempo he estado en Euskadi, solamente he conocido un poco de esta tierra asombrosa, he tocado solamente con los labios este vaso de nuevos conocimientos e impresiones, he dado solamente unas bocanadas de aire… Pero el tiempo de la separación ha llegado.

Me acuerdo a menudo de la comida de despedida en uno de los restaurantes vascos de Bilbao. El lugar que resultó escogido no era algo casual, para mí, una persona aficionada a la mitología vasca, era muy interesante ver allí, con propios ojos, la inscripción trazada por encima de las mesas, "Izena duen gutzia omen da" (Todo lo que tiene un nombre, existe), y los personajes del folclore vasco dibujados en las paredes, sobre los que antes leía solamente en los libros. Los detalles eran entretenidos en ese restaurante, que hasta sobre las cabinas de los excusados, en las placas habituales, la "H" se había sustituido por "Basajaun" y "M" por Lamia…

Sin embargo el estilo del interior era solamente el encuadre de la principal dignidad del restaurante: una comida nutritiva, sabrosa, y ocupando el lugar de honor en la sala un barril enorme de sidra. La bebida era gratuita, cada visitante podía beber tanta como quisiera, solo tenía que acercarse a "la fuente vivificante" llenando el vaso con la bebida espumosa.

Sagardoteguia en Bilbao

Y con el final todavía lejano, en las mesas corridas y junto con una amplia compañía, bastantes personas entradas en años celebraban una fiesta, se oía la risa unida, y no paraban las voces alegres. Me recordaban el holgorio ruso durante las horas felices, sin pretensiones y sincero. Una vez escribía sobre la semejanza de los caracteres vascos y rusos, y la observación de esta compañía alegre de nuevo me había devuelto a ese pensamiento. Era difícil imaginar que éramos divididos por miles de kilómetros entre las fronteras de nuestros estados, la lengua, la historia, la religión... Ante mí se alegraban gentes sencillas con el alma jubilosa privados de cualquier gravedad que les afectara, sin emociones tristes y el aburrimiento constante que notamos a menudo los europeos. Tales como nosotros.

La comida, mientras tanto, acababa. La estancia corta en Euskadi también. Pero el viaje algún día continuaría...



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