La Casa de Elena
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Cuentos



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Rubén García

EL VIEJO DEL PUENTE

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Estoy bajando por las escaleras que van a dar a la plaza de la Rantxe. Hoy me he levantado algo espeso, ando más torpe de lo normal. Parece que alguien a mi espalda tiene ganas de molestar; noto que me hablan, pero no sé qué carajo dice.

—Buenos días Andrés, ¿necesita ayuda?

—¿Me has visto pinta de anciano? El Puente es viejo pero yo todavía soy un niño de teta comparado con él. No sé qué empieza a caerme peor: si las rampas mecánicas o tú. Cuando veas a otra persona con txapela dentro de un rato en esas escaleras de Coscojales, olvídate de él, seré yo.

—Pensé que sería mejor para usted bajar por la calle del Medio, por Casilda Iturrizar, o si necesitaba que le ayudara, perdone la molestia.

—Así que tu labor es molestar a la gente que pasea.

—Perdone, tengo que continuar.

—Venga a trabajar un poco que ya era hora, a ver si consigo pasear tranquilo por el pueblo.

"Espero que por lo menos me dejen llegar al próximo tramo sin que me molesten, ya no hay quien esté tranquilo con tanta tontería. Antes le hubiera atizado con el bastón, pero cuando llegas a los noventa y cinco años tienes que alejarles de otra manera, no te queda otra. Ya estoy al final de las escaleras que descienden de la Plaza a Coscojales, cerca de mi objetivo…"

Había empezado con mi paseo habitual; bajaba de Abátxolo por la cuesta San Roque, y a la izquierda recorría el principio del Ojillo; después torcía por la calle Gipuzkoa saliendo a Carlos VII, giraba a la derecha en dirección a General Castaños y tiraba a la derecha por ella, bajaba por las escaleras de enfrente de la parada del autobús a la plaza de la Rantxe, a continuación Coscojales y muelle de Portugalete. Tenía que hacer bastantes paradas obligadas para descansar las piernas por el recorrido, no había nada mejor que un txikito en la taberna para el espíritu y una silla para el cuerpo. El vino era seña obligada en estos días para hacer uso de la silla en un bar, así que no quería enemistarme con los taberneros…

Acabo ya la calle, se asoma el antiguo mercado y al pasarlo se abre el mundo, la plaza del Solar, el muelle con el Puente y la mar. Me acerco a mi viejo amigo y le toco la estructura.

—A mí se me tiñe el cabello de blanco y a ti te pintan las canas para que no se note tu edad. Lo que hace la publicidad, compañero; tendré que ponerme una cresta para hacer juego —. He subido las escaleras de la cafetería cercana y me he sentado en su terraza para dedicarme al arte de la contemplación. La vista es impresionante y la calma total. Me gusta estar aquí, con mi vino en la mano viendo pasar el mundo.

Ya cansado de tanta inoperancia, he decidido continuar con mi paseo; ahora he de volver. Parece que no me responde bien esta pierna izquierda, hoy es un día raro, primero el pequeño dolor en el brazo que ahora se me incrementa. Tendré que ir mañana al doctor a ver qué nueva medida de tortura me impone.

Me he acercado al Puente para despedirme de él, le he abrazado con una mano resbalando por su estructura y en la otra una carta, he cerrado los ojos…





Era domingo, aguardaba con nuevas esperanzas volver a bajar y pasear con mi familia por el paseo del muelle de Portugalete. Solo tenía un objetivo: subir todo lo que pudiese por los dos cables tensores que sujetaban el Puente y que estaban situados a lo largo del recorrido. Había visto chicos, mayores que yo, que subían muy alto los domingos, pero tenía que conseguir subir hasta arriba del todo, más que ellos. Muchos chavales lo intentaban, yo y mis amigos también, pero siempre acabábamos derrotados por la falta de fuerzas y la altura.

Ya estábamos cerca, con mi familia paramos a tomar unos potes y unas rabas en la calle Coscojales. Mi padre había pedido dos vinos, uno para mí y otro para él; aunque yo ya sabía que el mío era diferente me hacía el tonto siempre. Mi ama pidió un txakoli y mi hermana un mosto. Esa ronda había decidido pagarla yo sacando una perra gorda que llevaba en el bolsillo, el tabernero me había cogido el dinero y me sentí orgulloso. Estaba con ganas de llegar a mi objetivo y me bebí el txikito (Mosto rojo) de un trago. ?Aita, vamos ya. Quiero ir al muelle.

—Ahora, hijo. Espera que acabemos las rabas y el vino.

—Jo, es que me estará esperando mi amigo.

—Solo será un momento. Mira, van a cantar unos chicos. Escúchalos.

Algunas veces, cuando bajábamos a tomar txikitos, se oían las voces de las cuadrillas cantando canciones típicas de aquí: Bilbainadas, Zortxikos y más. Me gustaba escucharles, contaban historias bonitas. Había un grupo en Portugalete que cantaba muy bien, y a mí me daba que no eran ellos y buscaba donde tenían escondida la radio. Ese día empezaban cantando una canción que siempre me encantó:

"Cuando hablemos de Bilbao, tengamos siempre presente que hay pueblos que le rodean, le dan solera y ambiente a toda Vizcaya entera.

Aúpa el Erandio, que es de Erandio; aúpa el kaiku, que es de Sestao; los Hornos de Barakaldo, que alumbran todo Bilbao.

Puente de Portugalete, tu eres el más elegante; Puente de Portugalete, el mejor Puente Colgante.

Sardinas, las de Santurce; merluzas, las de Bermeo; txakoligorri de Bakio y los tomates de Deusto.

Y visten con elegancia la aristocracia en Neguri, pantalones de mil rayas, al igual que los de Atxuri.

Por todo el Duranguesado como en las Encartaciones, a Bilbao le dan la salsa, para entonar sus canciones.

Bilbao, metido en su "botxo". ¡Ay, Bilbao, Bilbao! se cubre con la solera, ¡Ay, Bilbao, Bilbao! que le dan todos los pueblos, ¡Ay, Bilbao, Bilbao! que tiene Vizcaya entera.

Viva la gracia y la sal, viva el humor y el salero; viva Vizcaya, cantora; viva Bilbao, que es mi pueblo.

Que viva, que viva, que viva Bilbao, que viva Vizcaya y su buen Bacalao."

Al acabar la canción le agarre de la manga a mi padre insistiendo para marcharnos, aunque no tenía ya muy seguro si quería irme. Las canciones me dejaban hipnotizado y me podría pasar horas escuchándola.

Cuando ya estábamos en el paseo, me encontré con mi amigo y le pedí permiso a mi padre para que nos dejara jugar.

—Vamos a jugar, ¿podemos?

—Sí, pero no os alejéis mucho. Que yo os vea.

—Bien, —respondí, volviéndome hacia Andoni, — vamos.

Echamos a correr como diablos hacía nuestro objetivo, que ya estaba cerca. Sí, ahí estaba nuestro desafió. Confieso que me daba algo de miedo porque estaba muy alto, pero tenía que conseguir lo que nadie había logrado.

Primero fue Andoni; se agarró con las dos manos debajo de los cables. La dificultad erradicaba en que los cables de acero eran muy gruesos y nuestras manos siendo más pequeñas no podían abarcarlos del todo, haciendo que resbaláramos al de cierto tiempo. Eso nos creaba miedo, ya que podíamos caer desde una gran altura. Consiguió subir muy alto, pero se agarró con los pies a los dos cables y descendió algo, hasta que pudo saltar. Claro que se podía subir con los pies y manos apoyadas, pero los cables según subías se ensanchaban más arriba y se convertía en algo imposible de hacer. Llego el momento, me tocaba a mí. Tenía que concentrarme, perder el miedo y subir hasta arriba. Empecé el ascenso, primero con las manos solamente, pero aguanté poco tiempo y salté. Posteriormente, como una araña con todas las extremidades, estaba subiendo poco a poco, pero ya estaba muy alto. Empecé a cansarme y mire hacia abajo. Estaba muy arriba; nunca había subido tanto y me empezó a entrar miedo. Me arrastré con brazos y piernas iniciando el descenso hasta que pude saltar.

Nos miramos Andoni y yo, decepcionados, pero seguiríamos intentándolo hasta que estuviéramos arriba. Toda nuestra ilusión estaba allí, en llegar a lo más alto…



Paso el tiempo, y poco a poco fuimos olvidándonos del ascenso al Puente por los cables del paseo; empezaba a parecernos de niños pequeños y nos sentíamos ridículos, aunque la ilusión ahí seguía, intacta. Llegaron los tiempos de las chicas y los bailes sustituyendo aquella esperanza por otras, aunque era seguro que no nos olvidábamos del puente; iba en nuestro interior, en nuestro corazón, era parte de nosotros, los Jarrilleros. Era imposible borrarla por muchas razones: la ilusión de un niño, el nuevo mundo que se le abría al adolescente pasando a la otra orilla, o el adulto que pasaba por necesidad que algunas veces convertía en placer.

Puede que mi historia parezca girar alrededor de un Transbordador, pero lo que le hace verdaderamente especial es el entorno que lo rodea, sus gentes y su ubicación. Era simplemente una estructura de hierro que poco a poco fue convirtiéndose en un sentimiento, una puerta hacia lo desconocido para un niño y conocimiento para un adulto.

En Portugalete estaba lo habitual, la gente que paseaba, tomaba pintxos y vinos en sus tabernas. Asistías a las traineras en la ría, a los partidos de futbol en el campo de La Florida y jugabas a pala o pelota con los amigos en los frontones. Estaba la tienda de toda la vida que más que a comprar ibas a saludar al vecino. Las fiestas de la virgen de la Guía y San Roque, las mejores del mundo entero para el Jarrillero. Más o menos nos conocíamos todos, gente abierta y agradable que te daba esa sensación de protección que solo en casa podías tener. Realmente un paraíso de sentimientos. En la otra orilla que estaba tan cerca y a la vez tan lejos, lo desconocido. Mucha gente yendo a trabajar al otro extremo o de paseo, pero para el niño como si fuera otro país. Más que el Puente parecía el avión, el tren o el coche. El paseo se hacía extraño; todo se veía con ojos diferentes, ojos de viajero: las calles, los edificios, incluso las gentes. Impresionaban las construcciones de grandes chales, mansiones y palacios. Sí, en nuestra margen había casas señoriales, pero pocas comparando con lo que se extendía por aquellas grandes avenidas.

Teníamos y tenemos la barca para pasar al otro lado; incluso puede que fuera más divertida para un niño tan cerca del agua y con ese movimiento. Siempre he pensado que el sentimiento es el mismo: pasar al otro extremo; la misma función, solo que al otro se le ve más. Me gusta que siga estando el gasolino, es parte de nosotros. Puede que en cualquier otro sitio ya no estuviera, pero aquí sigue por cómo somos. Al igual que la glorieta y los conciertos de la Banda Municipal, que posiblemente la hubieran quitado también. Aunque ahí anda todo en el aire, espero que no cambiemos nunca y sigan las tradiciones.

El Puente fue colocado en un principio por una función práctica, que con el tiempo se convirtió en un sentimiento de las dos márgenes, en un Transbordador de conocimiento y unión…



Al cumplir los dieciocho años, volvía de divertirme en Getxo, con la cuadrilla. Allí había conocido a una chica de Las Arenas. Íbamos algo más atrasados por la calle Mayor, hablando de nuestros sueños y esperanzas. Así llegamos al Transbordador; ya teníamos que despedirnos y estábamos debajo del Puente Colgante, acercamos nuestros labios y nos besamos. Corto pero intenso, notando una suavidad y calor que hasta ese momento no había sentido nunca. Estuvimos un rato más comprobando las nuevas sensaciones que nos envolvían; parecíamos no tener bastante y que aquello se prolongaría hasta el amanecer, pero teníamos que despedirnos. El último roce fue la mano separándose poco a poco hasta que solo quedó el aire entre nosotros.

Mientras cruzábamos el Puente en la barquilla, comentaba con la cuadrilla la emoción del momento, lo bien que me sentía. Entre bromas y tonterías el Transbordador llegaba al final de su recorrido. Miraba poco después al otro extremo de la orilla, donde solo quedaba oscuridad.

Ya por el malecón vi los dos cables que subían hacía el Puente, y la locura me inundó. Empecé a trepar por ellos, primero a cuatro patas y posteriormente con los dos brazos, colgando de los cables. Nunca había subido tan alto, pero empezaba a cansarme y tuve que reposar un momento, lo que me hizo recapacitar y decidir bajarme.

—Mira que estás loco, —me comentaba un colega mientras descendía.

—Que locura más dulce, —concluí.

Pero, al tocar el suelo, me acorde de mi infancia y las ganas que tenía de llegar arriba del Puente Colgante, por los tensores. Esa noche me volví a hacer la promesa de que tenía que conseguirlo costara lo que costara.

Estuve yendo y viniendo por el Transbordador muchas semanas, cruzando a la otra orilla donde me esperaba la chica de mis sueños, hasta que un día se truncó la suerte. Había conocido a un chico de su barrio que le llenaba más. Ese día me lesioné la muñeca golpeando la estructura de hierro.

A punto de cumplir los diecinueve años, encontré mi primer trabajo serio en la otra orilla del Puente Colgante; cuando llegué cerca de la estructura en Las Arenas me colgué de los tensores lleno de alegría, subiendo mucho. Nunca había subido tan alto, pero al mirar para abajo la gente me miraba extrañada, así que decidí bajar. Mis viajes se incrementaron a causa de ello. En Getxo estaba la familia para la que trabajaba donde desempeñaba mis funciones como chofer. Estuve una temporada yendo y viniendo por el Transbordador, muchas semanas, pero al año la suerte se acabó. Mis servicios no eran necesarios ya. Me volví a lesionar la mano contra la estructura de hierro.

Empezaba a notar cierta similitud de mi vida con el Puente Colgante. Él iba y venía, pero nunca se quedaba en la otra orilla. A mí me pasaba exactamente lo mismo: todo lo que había al otro lado se quedaba allí, pero yo volvía.

Podía estar algún tiempo sin cruzar el Transbordador, pero por una u otra causa allí estaba, unas veces por amigos, otras por amigas.

Tenía a mis tíos a la otra orilla y les dio por empezar a procrear. Eso hizo que volviera a cruzar el Puente con más frecuencia, para bautizos, comuniones, y reuniones familiares. También descubrí nuevos sitios interesantes, bares realmente atractivos, algo más caros que los de Portugalete, pero con gente, pintxos, y bebidas que me atraían. Las zonas que rodeaban al Puente por esa orilla tenían lugares muy sugestivos, aunque no eran para un gasto habitual en mi economía. Poco a poco me fui yendo para la zona del puerto antiguo de Getxo; me gustaba el sitio e hice algunas amistades. Siempre me habían atraído las zonas que respiraban solera. Pero esta vez fui yo el que se aburrió de estar en la otra orilla…



Durante el recorrido de mi vida, hasta ese momento siempre me habían atraído el boxeo y los gimnasios, curtiendo mi cuerpo en los diferentes locales deportivos que había por Portugalete, algo que me serviría más adelante para cumplir mi sueño, que no olvidaba, de ascender por los cables del Puente. No era algo que me obsesionara, ni pensaba en ello cuando me ejercitaba, pero sin imaginarlo iba formando parte de lo que sería una realidad. He de puntualizar que los bares y la fiesta fueron también un gran atractivo para mí en la juventud; puede que fueran una causa incluso más importante que los gimnasios para llegar a realizar el famoso sueño de un niño. Siempre habíamos presumido de ser un pueblo con muchos bares y zonas de fiesta, aunque hay que reconocer que todos los pueblos de las dos orillas tenían también zonas donde satisfacer el apetito del cuerpo y la tristeza del alma, aunque no tantos, claro…



Mi vida había comenzado a ser algo más que una ilusión; tenía trabajo, que nunca me faltaba, aunque eso sí, muchos y diferentes. Mi vida sentimental era maravillosa; había una mujer que me hacía vivir en un estado de continua felicidad. Una begoñesa que podría ser el sueño de cualquier hombre: bonita, inteligente y muy buena persona.

Estuve un tiempo alejado de mi querida Villa, disfrutando feliz de los alrededores de Vizcaya, que eran muchos y a cada cual más interesante: Plentzia, Gernika, Mundaka, San Juan de Gaztelugatze, Elantxobe, Playas de Laga y Laida, una lista interminable de pueblos y paisajes que conforman Vizcaya. La chica con la que estaba conocía bien toda la costa e interior vasco a causa de la multitud de amistades que poseía; los poseedores de vetustos y tradicionales caseríos vascos.

Se acercaba el día más importante de mi vida, y era la persona más feliz del mundo. Ese miércoles tenía mi despedida de soltero. Sí, era un día un poco raro, pero por cuestiones de trabajo era cuando podíamos hacerlo. Me vistieron con una ropa chillona de un verde fosforito con volantes; parecía una Bailarina de conga. La noche transcurrió con toda la normalidad que se podría esperar en una despedida, hasta que llegó la hora de marcharse. Habíamos acabado en Baracaldo y me dejaron más tirado que a una colilla. No tenía dinero y no sabía cómo volver a casa. Decidí volver andando, no tenía otra.

Por el camino se oían los gritos de los pocos que pasaban por ahí a esas horas de la noche, demostrándome que era como un árbol de navidad; se me veía a kilómetros. Algunos incluso me llamaban churri, aparte de las miradas de risa que veías en los ojos de los que caminaban a esas horas por ahí. Llegué por fin a Portugalete, después de haber pasado por Sestao. Andaba algo aturdido con tanto alcohol y decidí darme un paseo pensando en el sábado de esa semana, el gran día de mi boda. Tendría que abandonar mi querido pueblo y no sabía si volvería a vivir en él. No me iba muy lejos, pero no era lo mismo; el sentimiento que me invadía dejaba asomar unas lágrimas entre mis mejillas.

Descendí hasta el paseo de la Canilla por las escaleras de la estación. Iba pensando en todos los acontecimientos que habían pasado por mi vida, hasta que llegué al muelle. Mis ojos, que iban mirando al suelo, se alzaron, y vieron los cables tensores del Puente. Mi última oportunidad, tenía que conseguirlo; me había convertido en un hombre fuerte e inmenso a cuenta de los gimnasios y mis trabajos. No costaría tanto.

Empecé el ascenso, despacio; primero, a cuatro patas sobre los dos cables, subía poco a poco pues mi equilibrio no era del todo recomendable para tal ascensión. Decidí probar qué tal andaba de fuerzas en los brazos y ascendí un rato colgado de los tensores solo por las manos. Era cansado, así que me volví a colocar sobre el trozo de acero y descansé un buen rato, con el culo apoyado en un cable y los pies en el otro. Tenía que reemprender el camino. Estuve un rato más reptando a cuatro patas, pues había que guardar fuerzas para la parte final, que sería la de mayor dificultad. Cuando ya se hacía imposible seguir con todas las extremidades sobre los cables, volví a parar para un nuevo descanso. Miré abajo; llevaba mucho avanzado. Nunca había subido tanto: estaba alto y me sentía formidable; la vista era inmejorable, pero al final sería mejor. Llegó el momento de la verdad, el último tramo, el más peligroso. Si fallaba ahí no habría vuelta atrás, la muerte estaba casi asegurada. Tendría que ir sobre un solo cable; probaría con los brazos y las piernas cruzadas. Ya estaba, ya no era posible el retorno. O todo o nada. Costaba, pero avanzaba despacio. No podía parar, sería la muerte. Estaba cerca de la meta y me dolían los brazos; apenas me quedaban un par de metros. Me encontraba al límite de mis fuerzas, pero no me tenía otra que resistir; no quería caer al vacío, no podía, pues el sábado me casaba. Solo un metro más, no era nada. Me resbalaban las manos, no podía aguantar. Dios mío, no podía caer; el sábado me casaba. Unos centímetros. Tuve que agarrar una mano con otra, empujar con los pies y arrastrarlas. No quedaba nada. Por Dios, ahora no. No falles. Ya estas. ¡Sí, sí, ya estoy!

Me agarré a los hierros de la torre y dejé caer las piernas que se golpearon contra la estructura, creándome un gran dolor, haciendo que casi soltara las manos y me precipitara al vacío. Pero no, allí estaba en todo lo alto. Lo había conseguido; no cabía en mí de gozo. Que espectáculo, era único. Se veía a lo lejos todo Portugalete, Sestao, Getxo, Santurtzi, la ría… Allí donde mirara, era un espectáculo. Lo había conseguido; eso sí que no lo perdería, no se quedaría en la otra orilla. Era mío.

Ese mismo día leí en los periódicos que el Puente Colgante de Vizcaya había sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Él y yo teníamos algo que no perderíamos nunca, que se quedaría con nosotros, y no en la otra orilla.

Estuve un par de días postrado en la cama a consecuencia del esfuerzo, y con una muñeca abierta a causa de la ascensión. Empezaba a hacerse peligroso acercarse al puente; siempre acababa lesionado…



Después de algunos años, he vuelto a mi Portugalete querido, y he vuelto a pasear por el muelle. Ahí está mi querido Puente, el que guarda un secreto. Lo he comprendido después de muchos años tocando las orillas de muchos países, de que hayan pasado muchas personas por delante de mis ojos. Sí, mi vida es como la tuya querido Transbordador: muchos viajes, sin quedarte nunca en uno de los destinos. Pero lo más importante que aprendí es que muchas personas podrían viajar con nosotros, pero ninguna se quedaría; o ellas se iban o tú te alejabas.

Me despido en esta carta diciendo:

Nací Jarrillero y nuestros destinos se unieron desde el primer día que intenté subir por esos dos cables tensores.

 

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