La Casa de Elena
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EL ABETO AJENO

 

EL ABETO AJENO

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Alguna vez en la casa que fue nuestra:

Vieja, vetusta, que había sobrevivido a más de una generación, ella estaba en el fondo del jardín seguida con atención por los manzanos, siguiendo la vida de la ciudad silenciosa. La casa había visto mucho, y mucho había existido en la vida, pero ahí seguía, como obstinada, estaba agarrada con fuerza a las raíces de la tierra. Ella sabía los misterios de los inquilinos, sabía sus costumbres. La casa guardaba todas las vidas, celosamente, del pequeño microcosmos creado no solo por una generación.

Y así debía continuar, permanecer, eternamente.

Un día primaveral nos separaba del día de la traición. Dejábamos la casa. La dejábamos para siempre. Abandonábamos sus habitaciones con el empapelado desteñido, el desván que olía a polvo, y los viejos manzanos torcidos bajo las ventanas…

Despedirse de la casa para nosotros fue pesado y doloroso, pero solo con el tiempo, viviendo en un apartamento frio, sin corazón, y sin personalidad, nos sentiríamos realmente huérfanos, especialmente para mí. Me hubiera bastado con aquella vida amable, lenta, el olor de las hojas podridas, y el chirrido de los escalones.

La casa era mí mundo de la infancia, el mundo de los sueños. El país, donde no me era posible volver. Aun así y todo estábamos predestinados a encontrarnos todavía una vez más; casi después de diez años.





La casa nos recibió con indiferencia, sin recordarnos en su pasado. Los viejos manzanos no estaban, su lugar lo había ocupado un desconocido elegante, un árbol blanco de mediana altura. Y la misma casa estaba reparada e irreconocible. Entramos en su vientre como, ajenos, extraños.

Los nuevos inquilinos eran cordiales y parecían sinceros. La atmosfera antes del Año Nuevo hacía que estuvieran alegres y despreocupados. Íbamos por la casa asombrados con todo lo nuevo y desconocido, podría parecernos solo un efecto a causa de los años pasados tras abandonar la vivienda. Otras personas y otro mundo.

Nuestra anfitriona estaba en buenas condiciones, había acabado siendo una casa gloriosa. No se sentía su edad ni la decrepitud. Hasta los escalones del primero piso no crujían. Y el desván, que también tuvimos tiempo para ver, irradiaba limpieza como en un hospital. En unas seis horas el año acababa, un año más en la vida, a su manera, torpe, feliz, ingenuo.

En la infancia lejana e ilusoria el Año Nuevo era mi fiesta más querida, más fantástica, la mejor de las fiestas. Un tiempo donde era posible cualquier milagro, cumplir todos los deseos. ¡Pero, Dios Mío! ¡Tenía que esperar siempre mucho tiempo! Una vida entera pasaba hasta que llegaba la fiesta. Una vida feliz, larga. Incluso el tiempo borraba de la memoria las ofensas. Todo lo veía claro en los recuerdos, era algo sobrenatural. Como si la infancia estuviera aparte, en un mágico planeta lejano… Después, los jalones que se clavaban en los trozos de la vida pasaban con una rapidez implacable. La vida transcurría como detrás de la ventana de un tren, con cada segundo todo se aceleraba, iba a la carrera. Y eran trenes que no tenían frenos.

En la habitación grande un tropel alegre de chiquillos decoraba el Árbol de Navidad. No fuimos hasta allí. No podíamos, o no queríamos ayudar. Nosotros solamente éramos invitados, los invitados de la casa.

El tiempo se deslizaba imperceptible. Ahí estaba el abeto que era vestido como una novia y la mesa era cubierta. La dueña se había quitado la ensuciada túnica sin mangas y se había vestido lujosamente, con un vestido que había pasado de moda hacía diez años. Y alguien chapoteaba ya en el baño, preparándose para entrar en un nuevo año puro y fresco, como el difunto en el ataúd.

Un trozo de la vida más que se iba a ninguna parte.

El bello abeto. Que lo habían plantado cerca. Imperceptible, se había deslizado en su vestido y se nos hacía conocido. Algo lejano, pasado. Pero el espejismo se derretía. Esperaba por delante la despedida del año viejo. De siglos pasados, milenios. Sí, este era simplemente un nuevo año más. Acompañábamos al pasado, a una época. Un plazo irreal. Con sonrisas falsas eran hechos los lavados de conciencia. Nadie quería acordarse sobre lo perdido, lo que había desaparecido para siempre. Y si el dolor entraba con todo, trataban de meterlo hacia adentro, como si fueran banales anécdotas. Era momento de alegrarse ya. Comenzaba la fiesta de las fiestas.

El límite. La arista invisible que cortaba para siempre con el pasado, pero con recuerdos bastante tristes. No era hora, en ese momento, de dolor y lástimas. Una fiesta tenía que ser alegre. Era tal la tradición. Según una vieja superstición estaríamos todo el año lúgubres y tristes, si no nos alegrábamos en ese tiempo. Solo restaban quince minutos para el Año Nuevo. Por el televisor se oía cómo deseaban y felicitaban. Siempre con el mensaje final de Año Nuevo, el susto infantil, de repente un hombre que salía en la pantalla y no paraba de hablar y hablar sobre los deseos del año siguiente, que no llegaba.

La ofensa infantil había desaparecido por fin. Un abeto ajeno, en una casa ajena, adornaba con nuestros,hace mucho tiempo olvidados, adornos. Entonces nos acordábamos, con la prisa del trayecto descuidamos la memoria. Puede ser que simplemente hubieran querido, para siempre, quedarse en la casa y especialmente se escondieron enterrados en lo más profundo, entre el polvo del desván. Ahora los juguetes del Árbol de Año Nuevo eran colgados por unas manos ajenas, parecía ultrajado. ¡Cuántos misterios, adivinanzas y cuentos improvisados se habían acumulado durante toda su vida en la casa! Cerca de cada juguete, un lugar sobre las ramas para la historia. Pero habían llegado otros días, y una mano indiferente, ajena, los colgaba sin sentido y sin sentirlo. En vez de un cuento infantil para vivir, en medio de la habitación estaba el cadáver inocente de un árbol, humillado y adornado con chucherías.

Pero también en ese momento la vieja casa sabía crear milagros. En esa noche, despidiéndose de nosotros para siempre, ella me había regalado el último cuento de hadas.

En algún sitio a lo lejos sonaba, casi silenciosa, una música. La mesa con las botellas, con los platos, y los invitados con los dueños que habían desaparecido. De la oscuridad emergían multitud de fuegos centelleantes de color lila y verdes, desde el abeto. Entre sus ramas sonaba como un susurro, transparente, de cristal. Viejo, en su pelliza de papel, Papa Noel sonreía afablemente con sus bigotes de algodón. Él estaba de pie, en aquel bosque fantástico, donde se escondían los milagros. El bosque donde colgaba sobre una rama delgada "el carámbano" rojo, que era dibujado por la escarcha, en el Árbol de Año Nuevo. Trataba el vapor de crear visiones en el aire y aparecía un castillo mágico, todo visible, pero inaccesible para alguien. Estando abajo cerca de Papa Noel, mirando a las alturas, asomaba una gota de oro en el fondo de la oscuridad. El misterio más importante del bosque mágico era una hermosa Bola Violeta. Ella colgaba en la parte superior, un poco más a la izquierda de las estrellas, semicubierta por las ramas.

Recuerdo como la bola se había estrellado en mi infancia, y de ella no se había conservado ni el más minúsculo trozo de aquel color fantástico, pero por esa noche de nuevo brillaba sobre el abeto. Me llamaba y atraía hacia ella…

Papa Noel, manoteaba detrás de mí con la manopla rozada.

Sobre las patas inferiores del abeto se encontraba un perro rosado de felpa y un gnomo rojo. Me confiaban a mí su misterio preferido, me indicaban la vía para llegar a la Bola Violeta. Habiéndome colgado de las orejas de felpa, el perro sin nombre me contaba de un buen camello que me ayudaría a llegar al castillo encantado, y si no podía o me cayera, la hija del zar que vive en el castillo me diría cómo obrar después.

Era necesario penetrar, ir adelante, encaramarse por las enormes piñas de plata que colgaban cerca del tronco, hablar con los sabios pájaros, y ver, admirada, la nuez de oro.

Por el tronco asomaba el buen camello con la brida multicolor. Trepé a su espalda de algodón, y él me llevaría al castillo. De camino la rana, barata y ridícula nos agasajaba con pasteles de colores. Centelleaban por todas partes fuegos misteriosos, iluminando los hilos de "la lluvia", y mareando la cabeza, el olor de la pinocha y las mandarinas.

El buen camello se había parado. Le di unas palmadas en la espalda, y me asentía con la cabeza en respuesta, mirándome mientras me volvía con ojos humanos. Bajo mis pies una rama delgada, larga, solamente desde ella era posible acercarse al castillo. Con cada paso se balanceaba más fuerte, cada vez más fuerte, junto con ella a la vez se mecía el castillo. Un poco más y me caería, pero unas manos invisibles me cogerían, no tenía miedo eso no pasaría. Ya me encontraba sobre el puente, donde un final se apoyaba en la vacuidad, y el otro conducía al castillo. Di el paso…

La hermosa dueña de los aposentos de plata, me contaba sobre tres tareas que tendría que cumplir. Nadie antes había podido cumplirlos, pero tenía esperanza, ya que nadie excepto yo había llegado al castillo. Mi feliz destino sería poder llegar a la bola mágica. Encaramándome por los hilos de plata de "la lluvia", y agarrándome a las elásticas agujas, era ir todo hacia arriba y más arriba…

Empezaba a balancearse sobre la rama un samovar de plata. Estaba vacío y frío, pero necesitaba servir té a todos los habitantes del bosque fantástico. El samovar en mis manos parecía más cálido, pero no había orificios, incomprensiblemente comenzó a correr el agua y no sé de donde las tazas habían aparecido. Se reía y aparecía de forma imperceptible la muchedumbre, los payasos, y los hombrecillos huevo, que tomaban el té con los pasteles de la rana. Y ella, apoyada a lo lejos, sonreía tiernamente.

Continué, subía, me arrastraba hacía el objetivo feliz. Quedaba poco hasta la cima, debajo de los pies el abismo, delante una campana que no podía hablar, ya que ella había venido al mundo sin lengua, pero en mis manos ella comenzó a cantar, y un encantador sonido extraño atravesaba el bosque fantástico.

Aún más ramas…

Los relojes redondos, con agujas dibujadas que mostraban eternamente las doce menos cinco. Los cogí, y ellos obedientes comenzaron su tic tac. El olor de la pinocha cada vez era más fuerte, y la nieve comenzaba a caer de ningún lugar.

La Bola Violeta… Miré atentamente ante su superficie. Pero el reflejo en ella era solo yo, pero no era yo. Soy yo, solamente que con un aspecto mucho más joven. Allí, en mi memoria, en mi infancia.

Desde algún sitio se oían, a lo lejos, sonidos extraños. Los sonidos del mundo real. Su onda era visible, se acercaba por todas partes y se cerraba alrededor de la Bola Violeta. Se escindía en un millón de trozos, de copos de nieve.

¡Feliz Año Nuevo!

El sonido de las copas. La risa.

El delirio había desaparecido. El pasado era implacable, era imposible volver atrás. El extraño abeto emitía los fuegos de otros. Todos los colores del arco iris atravesaban la pantalla del televisor. El cuento milagroso, regalado como despedida por la vieja casa, había acabado.

El primer día de Año Nuevo hacía sol y se vivía con despreocupación, pero no estaba alegre. No había dormido bien y estaba agotada por la larga algarabía. Había acabado el cuento, había acabado la fiesta… No tenía nada más que hacer allí. Habiéndonos visto, la casa había revivido, pero solo por una noche, cuando era tiempo de que pasasen los milagros. Había sonreído pero había muerto, había muerto ya para siempre.

Comenzaba una vida nueva, un nuevo año.

Ya en el tren, en mi bolsillo había caído no se sabe cómo, la nuez de oro, la última broma de la Casa. La última sutileza del pasado…




FIN
 

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